11 titles, Vincent Price.

VINCENT PRICE (St. Louis, Missouri, EEUU, 1911 – Los Ángeles, California, EEUU, 1993). Actor legendario del horror gótico.

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 • Laura. Otto Preminger, 1944.

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Los crímenes del museo de cera (House of Wax). André de Toth, 1953.

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Ciclo de horror gótico de Roger Corman [1960-1964]: Retales de los cuentos de Edgar Allan Poe.

Traducción de Silveria.

House of Usher (La caída de la casa Usher, 1960.) The Fall of the House of Usher, 1839.

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Había sabido también, del muy notable hecho, de que la raíz de la estirpe de los Usher, por muy honorable que fuera en el tiempo, no había producido, en ningún periodo, ninguna rama duradera; en otras palabras, que la familia entera se limitaba a la línea directa de descendencia, y siempre, con insignificantes y muy transitorias variaciones, había sido así. 

El péndulo de la muerte [1961.] The Pit and the Pendulum, 1842.

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 Mis ojos seguían su caída o ascendente oscilación con la ansiedad de la más inexpresable desesperación; se cerraban espasmódicamente en el descenso, aunque la muerte hubiera sido un alivio, ¡oh, cuán inefable! Sin embargo, cada uno de mis nervios se estremecía al pensar en cómo un ligero deslizamiento de la maquinaria precipitaría aquella afilada, reluciente hacha contra mi pecho. Era la esperanza la que hacía estremecer los nervios- encoger el cuerpo. Era la esperanza – la esperanza que triunfa sobre el potro- la que susurra al condenado a muerte incluso en las mazmorras de la Inquisición.

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The Last Man on Earth (1964), de Ubaldo Ragona y Sidney Salkow.

“La fuerza del vampiro reside en que nadie cree en él. Gracias, Doctor Van Helsing, pensó Neville dejando a un lado su ejemplar de Drácula.” (Soy leyenda, 1954, de Richard Matheson)

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   EN EFECTO. El libro era un compendio de supersticiones y convencionalismos simples, pero esa línea decía la verdad. Nadie había creído en ellos. Algo imposible e inconsistente, algo que solo existía en hechos e ideas, en las páginas de la literatura fantástica. Los vampiros pertenecían a otra época, como los idilios de Summers o los melodramas de Stoker. Una débil leyenda que se había transmitido de siglo en siglo.

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   ROBERT ES UN HOMBRE joven que lucha por su supervivencia cuando ésta se convierte en hábito. Su vida cotidiana transcurre sin cambio alguno desde hace cinco meses. Desesperado, resignadamente incrédulo, marcado por la soledad y la incertidumbre, en ocasiones el pasado reciente le emerge como algo lejano que le ayuda a mantenerse en su propio ser, cuando no le atormenta. Cuando la risa se convierte en llanto. La desconfianza y el confort de un hogar atrincherado. Vivir para olvidar, ya casi no recuerda cómo es el contacto con otro ser humano. Beber para olvidar, para refugiarse en otro mundo. La música clásica, ese canto que llena el vacío del tiempo, su pesadumbre, lo que amortigua los sonidos aterradores que emanan los muertos vivientes que cada noche acechan y rodean su hogar. Desde los altavoces instalados en las distintas estancias, la eterna ausencia del cantar de las aves es reemplazada por la séptima y novena sinfonía de Beethoven, a las que escucha en la habitación mientras tornea la punta de unas estacas; el acompañamiento de «Verklärte Nacht» de Arnold Schoenberg, mientras hojea un libro y toma whisky con soda después de cenar;  la célebre «Júpiter de Mozart», cuando se dispone a proseguir con su investigación, la de hallar una explicación científica que permita combatir a la superstición y a los clichés legendarios centrados en el vampirismo, la cuarta sinfonía de Schubert, tomando un poco de oporto mirando el mural, o las suites primera y segunda de Daphnis et Chloé de Ravel, con las luces apagadas a excepción de las lámparas de la pared. La música, esa distinguida compañía en un mundo en tinieblas y la única que hace que durante ratos se olvide temporalmente de los vampiros. El silencio también se torna fúnebre para Robert Neville, el último superviviente de una pandemia que va más allá…

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   Este personaje emerge de una de las novelas de ciencia ficción distópica y posapocalíptica más fascinantes del siglo XX, I am a legend, obra publicada en 1954 por el escritor y guionista estadounidense Richard Matheson, un artista quizá frustado y decepcionado en el sentido de que nunca pudo ver nacer una digna adaptación cinematográfica de su obra más célebre, a pesar de su notoria sencillez literaria. De hecho se realizaron tres adaptaciones, pero la más conseguida de todas, en mi opinión, fue la primera, una coproducción italo-norteamericana realizada en 1964 por Sydney Salkov y Ubaldo Ragona. Me pregunto qué hubiese sucedido si el proyecto finalmente lo hubiese realizado la mítica productora británica Hammer Films (la primera a la que Matheson vendió los derechos de su novela), con el propio autor como único adaptador del guión cinematográfico.

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 «Especialmente aquí, en este enorme edificio de piedra gris que albergaba toda la literatura de un mundo muerto. Quizá, pensó, estoy rodeado meramente por muros psicológicos. Pero esto no era gran cosa. No había psiquiatras para tratar neurosis sin fundamento y alucinaciones auditivas. El último hombre del mundo estaba absolutamente encerrado en sus ilusiones». ¿Por qué ninguna de estas adaptaciones es capaz de reflejar lo que escribí? Debió ser llevada al cine tal y como la concebí; ya es demasiado tarde, el autor se lamentó. Narraciones apagadas para el personaje y para su autor.

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   Cuando un hombre descubre que su destino es sufrir, ¿ha de aceptar dicho sufrimiento? Ha de reconocer el hecho de que, incluso sufriendo, él es único y está solo en el universo. Nadie puede redimirle de su sufrimiento ni sufrir en su lugar. Su única oportunidad reside en la actitud que adopte al soportar su carga. Como prisionero, quizá tales pensamientos eran lo único capaz de ayudarle, de liberarle de su desesperación, aún cuando no se vislumbrara ninguna oportunidad de salir con vida en un mundo vacío, muerto y silencioso, un entorno metafísico similar a las pinturas de Giorgio de Chirico. Es el Dr. Robert Morgan (Vincent Price), el hombre en busca del sentido.
   Y sí, parece ser que es cuestión de bacterias, que son el origen del vampiro, la bacteria vampirii, el desvanecimiento de siglos de superstición, ¿o más bien su resurgimiento?  Y la música, esa distinguida compañía en un mundo en tinieblas y la única que hace que durante ratos te olvides temporalmente de los vampiros…

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   Sí, a los vampiros el tiempo les pertenece. Solo cuando los ves, comprendes la fuerza de su alcance; es entonces cuando se es «El último hombre sobre la Tierra».